


Fotografía de SADY GONZALES, Bogotá abril 09 de 1948
PIEDRA
LA EDAD DE
La tierra, es el trofeo sobre la cual se derrama la sangre del vencido; con machetes, picas, azadones, cuchillos. Cualquier artefacto de labrar la tierra se vuelve en un arma potente de aniquilación, mutilación o amenaza. La fotografía “Machetes” de SADY, la traigo a colación como un referente de conexión de tiempos, y una fuerte paradoja frente al uso de las herramientas de trabajo como armas mortales, las cuales hacen parte de esa historia violenta en nuestro país, marcado por el terror y la tortura, que, en resonancia, con la fotografía de SADY, es solo un ínstate memorable de muchos que han sido silenciados y olvidados en la montaña.
Cuando empecé “La Edad de Piedra”, había una referencia real e histórica, por lo que el contexto de montaña me brindó en aquel momento y por lo que el arte sembró en mi ser, lo cual no puedo dejar de pasar desapercibido; pues esa forma caprichosa de enseñarme con las formas, moldearlas, se debe a ello, a esa manera de contener a la poesía simbólica entre líneas y al entramado de palabras, que permitan conectar y simplificar a la historia en imágenes; haciendo que lo bello y lo feo se rosen por un leve momento.
La toma de la justicia por la mano, las disputas por la tierra entre familias, la filosofía de desalambrar la tierra, las venganzas y delirios de poder; las herramientas de labrar la tierra, de esculpir los cuerpos y la sombra del terror. Los testimonios y relatos, instintivamente moldearon las imágenes en la piedra, imágenes duras, como las que a diario nos regala la violencia verbal y corporal de nuestro país… la violencia encontrada en las redes sociales, la radio, el periódico y la tv.
La mirada frente al cuerpo empezó a profundizarse desde este instante, que en si, es la génesis de Alborada. Fragmentos de piernas, antebrazos, dorsos, cabezas, pies, manos, columnas vertebrales; una serie de combinaciones ¡un rompecabezas! Recuerdo al esculpir estas formas, la repetición de actos mecánicos, empezando por la manera de pasar la lija miles de veces sobre la misma superficie; el golpe del cincel sobre la roca me remitía a una posible cabeza desmoronándose por pedazos, u otro fragmento que posiblemente yacería durante el proceso de trasformación, donde el martillar era como el activar de un taco de dinamita sobre su superficie, luego volaban en mil pedazos los trozos de roca dejando al descubierto poco a apoco el volumen deseado ¡era algo mágico! Ahora que lo reflexiono, funcionaba como un bombardeo, donde la roca era flanco perfecto para construirle una nueva identidad, una, donde las imágenes de cuerpos mutilados por machetes, azadones, palas, picas, etc, merodeaban por mi memoria.










AUTOR: Jesús E. Huertas Fernández
TÈCTICA: Escultura Ensamble
MATERIELES: Talla a mano sobre piedra caliza, y un palín.
Dimensiones: Largo: 24 cm
Altura: 33 cm
Fondo: 16 cm
Instalación con Palín: Altura: 1 metro con 68 cm
AÑO: 2012

Confieso que en algún momento el horror, desencadenó sustancialmente una fragmentación del cuerpo memoria, del cuerpo como objeto, y del cuerpo como trofeo durante este largo despertar; pero más allá de la representación de los fragmentos de cuerpos, la muerte sólo se convirtió en una excusa para abordar de una forma indirecta el dolor y la ausencia; por otro lado, inevitablemente, me lleva a estudiar como opera la imagen en la psique del ser humano.
Apropósito, Funkenstein nos sugieren “la conciencia histórica como punto de encuentro entre memoria e historia que supone que al tiempo que existe una multiplicidad de memorias sobre un mismo acontecimiento, en relación con la multiplicidad de sujetos que la han experimentado, la recordación y su escritura se enmarcan en un contexto social que permite vincular la polifonía de los diferentes sentimientos, versiones y reacciones sobre el pasado, a una impronta colectiva de una generación que ha asumido lo traumático compartido como experiencia común”.
Las huellas del pasado posiblemente son más gigantescas que el mimo futuro, debido a esto vivimos con el peso de los años que no pasan en vano, reviviendo escenas, lamentando lo hecho y lo no realizado.




AUTOR: Jesús E. Huertas Fernández
TÈCTICA: Escultura Ensamble
MATERIELES: Talla a mano sobre piedra caliza, y un machete.
Dimensiones: Largo: 26 cm
Altura: 15 cm
Fondo: 15 cm
Instalación con machete: Altura 28 cm. Largo 42 cm.
AÑO: 2015
AUTOR: Jesús E. Huertas Fernández
TÈCTICA: Escultura
MATERIELES: Talla a mano sobre piedra caliza.
Dimensiones: Largo: 14 cm
Altura: 8 cm
Fondo: 5 cm
AÑO: 2015




La envergadura de tal desiderátum, es la disputa por enterrar la disparidad del espacio a destiempo. Reflexionar los muertos del hoy, es reflexionar los insepultos del ayer: recuerdos sufrientes, senderos igual de espinos, igual de dolientes; con memorias viva, muertes, delirios, que acompaña la existencia del pensamiento abnegada a la perpetuidad. “Cuerpos heridos, abiertos, desmembrados, el horror aquí también fascina” afirmaría JOSE ALEJANDRO RESTREPO. Durante décadas las reflexiones permanentes sobre una metafísica de la muerte, o sobre la praxis de la muerte se ha vuelto recurrente dentro y fuera del arte. Por un lado, está el misterio que encierra a la muerte, la descomposición del cuerpo y con ello la pregunta acerca del alma; por otra parte, el vínculo se entreteje por medio de la destrucción de las cosas y de lo humano debido a agentes antagónicos. Con mayor frecuencia, esta última provoca en la mente del artista una fuerte reacción con respecto a lo que ve y siente, pues, él, no es ajeno al territorio, su mirada se debate entre el horror y el trauma que esto le genera en su memoria; son las heridas de las épocas por las cuales el artista dedica su tiempo a desentrañar lo sucedido, como un acto mecánico, casi instintivo, como si a través del arte él también empuñara un arma junto a un grito de guerra, ya que su horizonte no está por encima de las atrocidades humanas, él, es también humano, hace parte de la guerra, las violaciones, y la experiencia con respecto a esto la vive casi de igual forma, en medio de su impotencia ¡es un doliente más, una víctima más del verdugo! De esta manera él también queda desmembrado, abierto, herido y enlutado por el devastador encuentro con los desastres de la guerra.




¡En está herida cabe de todo! La destrucción de los cuerpos durante las diferentes violencias vividas por el país. La violencia se ensaña con nuestros pensamientos y al son de ellos se logra anestesiar una agonía casi eterna, donde la
resignación sirve a la vez de duelo y puente para construir callosidades frente al horror. Ya no hay más nada que hacer,
los muertos se llevan adentro y la única forma de no morirse con ellos es celebrando la vida.
La mirada frente al cuerpo empezó a profundizarse desde este instante, que en si, es la génesis de Alborada. Fragmentos de piernas, antebrazos, dorsos, cabezas, pies, manos, columnas vertebrales, en fin, una serie de combinaciones ¡un rompecabezas! Recuerdo al esculpir estas formas, la repetición de actos mecánicos, empezando por la manera de pasar la lija miles de veces sobre la misma superficie, el golpe del cincel sobre la roca me remitía a una posible cabeza desmoronándose por pedazos u otro fragmento que posiblemente yacería durante el proceso de trasformación, donde el martillar era como el activar de un taco de dinamita sobre su superficie, luego volaban en mil pedazos los trozos de roca dejando al descubierto poco a apoco el volumen deseado ¡era algo mágico! Ahora que lo reflexiono, funcionaba como un bombardeo, donde la roca era flanco perfecto para construirle una nueva identidad.
Si miramos en lo grotesco obviando la aparecía, hay una luz intensa, dramática, que devela esa parte desconocida del ser humano que toma como refugio al cuerpo para engañar al mismo cuerpo, a la mente individual y colectiva. Si la luz existe, es por efecto de la oscuridad, pero más por aquellos que la retratan y sobreviven a su aura. A propósito, me permito mencionar “El horror freudiano” del cual eran presos los surrealistas en la preguerra, hoy, ataviado bajo una fuerte expresión de soledad y vacío en un mundo totalmente material al borde de la “cólera del huracán bíblico”.

AUTOR: Jesús E. Huertas Fernández
TÈCTICA: Escultura
MATERIELES: Talla a mano sobre piedra caliza.
Dimensiones: Largo: 14 cm
Altura: 16 cm
Fondo: 8 cm
AÑO: 2014








AUTOR: Jesús E. Huertas Fernández
TÈCTICA: Escultura Ensamble
MATERIELES: Talla a mano sobre piedra caliza, y reconstrucción
maxilar superior en plástico.
Dimensiones: Largo: 16 cm
Altura: 9 cm
Fondo: 12 cm
AÑO: 2014




AUTOR: Jesús E. Huertas Fernández
TÈCTICA: Escultura Ensamble
MATERIELES: Talla a mano sobre piedra caliza, y un pica.
Dimensiones: Largo: 24 cm
Altura: 33 cm
Fondo: 18 cm
Instalación con Pica: Altura 60 cm. Largo 90 cm.
AÑO: 2012




AUTOR: Jesús E. Huertas Fernández
TÈCTICA: Escultura
MATERIELES: Talla a mano sobre piedra caliza.
Dimensiones: Largo: 19 cm
Altura: 35 cm
Fondo: 17 cm
AÑO: 2013
El cuerpo se ha estudiado y representado desde los albores de la humanidad, el cuerpo del héroe, el cuerpo en medio de la tragedia, el cuerpo inerte, el cuerpo como historia, el cuerpo como máquina, el cuerpo y la medicina, el cuerpo como forma de entrar al mundo de lo visible.
La figura rígida en la muerte, el reposo absoluto, el silencio, el ideal de la belleza inventada por los griegos; versus, los movimientos caóticos del hoy, el ruido e ideal de la belleza norteamericano. Las lanzas, las flechas, la lucha cuerpo a cuerpo; versus, las balas, el fusil AK 42, las bombas, los aviones. Todo ello ha tenido múltiples formas de interpretar el cuerpo en su determinado momento, todo el conocimiento sobre el cuerpo y la violencia ejercida sobre él, nos ha llegado un tanto desgastado, sin escrúpulos y frialdad... Sin tabús, sin horror.
